Demasiado pensamiento

Demasiado pensamiento

Cada escritor tiene un camino propio e intransferible que recorrer. Y unas piedras en ese sendero con las que tropezar, o que le dificultan el avance. Eso sí, es cierto que, aunque también sean piedras propias, los escritores no somos tan especiales como creemos, así que muchas de ellas también viven en los caminos de los demás.

En mi caso, y creo que en el de algunos otros, una de mis piedras es, como dijo aquel: Too much thinking, too little feeling.

Demasiado pensar, poco sentir.

El exceso de escrutinio sobre la escritura, del que en parte soy culpable, hace que pensemos demasiado. Demasiado lo que debe ser y lo que no. Y si hay algo que la enorme mayoría de escritores necesita, es no pensar tanto.

Porque eso hace que lo que tienes dentro pase por demasiados filtros, demasiados juicios, demasiadas dudas hasta que sale (si sale), pasando de ser tuyo, como era en la fuente de la que nació, hasta ser de un color manchado y mezclado con las opiniones, consejos y diatribas de otros.

Algunas de esas opiniones (como las de algunos editores o buenos correctores) son necesarias y formativas, pero lo más necesario y formativo no deben ser los consejos ni las enseñanzas o cursos, deben ser las lecturas. Ellas moldean de verdad porque, si han conmovido lo suficiente, provocarán cambios a todos los niveles que jamás podrán igualar los mejores consejos del mundo.

Esas lecturas van a la fuente si son lo bastante buenas e influyen y forman el origen del que emerge nuestra escritura. Esas lecturas nos cambian de verdad porque lo hacen con lo único que posibilita dicho cambio en las personas, la emoción. Por eso, son todo lo contrario a los consejos, ejemplo de comida rápida, poco nutritivos y que olvidas enseguida.

De lo contrario, uno se pasa el día pensando si lo está haciendo bien respecto a lo último que le dijeron o leyó en Internet, cómo se debe escribir esto o aquello, estilo, ritmo, creación de personajes, género, trama… Se ha deconstruido tanto la escritura, que es casi irreconocible en sus partes separadas y nos perdemos el bosque, obsesionados con los árboles.

Otro motivo para ese pensar demasiado es caer en la trampa del mercado. De los lectores, del público objetivo y tantos conceptos de marketing que se han abierto camino en la escritura como gusanos en la manzana, pudriéndola.

Con esas premisas, el arte es negocio, el arte es ese horrible término llamado contenido, el arte es un medio para vender (el verdadero objetivo) y no para compartir algo que también resuene en quien lo lee, cambiándolo. El arte es mercancía, el arte es mierda. Así, lo que sientes queda aplastado por todas esas cosas que nada tienen que ver con la escritura y sólo la contaminan y destruyen.

Otra vertiente, y la que en mi caso es problemática, es pensar demasiado por mí mismo, sin necesidad de que sean cosas externas las que te hagan dudar. Para eso ya estoy yo.

Los escritores pasamos demasiado tiempo con nosotros y ya está, nuestro arte es solitario por definición. Así que nuestra cabeza se convierte en la única compañera de viaje y enseguida empiezan los roces.

Tus propias vivencias en el camino, las mil derrotas y el par de victorias, los gustos y las experiencias pueden luchar contra la emoción, estrechar su caudal y que la escritura se vuelva más pensar que sentir. Es normal, creo, es el proceso formativo.

Pensamiento y emoción deben alcanzar un equilibrio al escribir y cada uno sabrá qué proporción es la que mejor se adapta en su caso. En el mío, pensar suele ser demasiado y tengo que contenerlo activamente, ignorar a veces lo que me dice, para escuchar el susurro de la emoción y el instinto, dejando salir el manantial en bruto sin escuchar a los juicios del censor, porque ya lo editaré luego.

Por eso escribía hace poco tiempo con cierta nostalgia de aquellas épocas más jóvenes en las que era un idiota que escribía todo el rato en cualquier parte y sobre cualquier cosa. Los tiempos del too much feeling, too little thinking.

Lo que escribes cuando estás en el otro extremo de esta cuerda floja puede no ser bueno, pero al menos sale más fácil, más gozoso, más parecido a lo que se supone que nos han vendido que es la experiencia.

¿Soluciones y respuestas? Sólo tengo preguntas y alguna opinión, claro.

Si pensar demasiado viene del exceso de información y la duda de si lo estaremos haciendo «bien» (según los parámetros de supuestos expertos), lo mejor es dejar de leer tanto consejo.

En el fondo, no son más que formas de procrastinar la mayoría de las veces: «No puedo escribir hasta que no sepa cómo hacerlo perfecto, así que no me pongo, leo un par de contenidos más de consejos sobre personajes o trama a ver…», pero nunca te vas a sentir preparado del todo.

Los verdaderos maestros que moldean la escritura son la lectura y la práctica, no me cansaré de repetirlo.

Y por supuesto que conviene saber sobre estructuras, viajes del héroe, gramática, ortografía y teoría, al fin y al cabo, debemos ser estudiosos del arte. Pero lo que nos nutrirá ya lo hemos visto, lecturas y emoción si algo está bien escrito.

Si pensar demasiado se debe a la segunda razón de mercado y te preguntas todo el rato si algo gustará, venderá o triunfará, pues ya he hablado de eso varias veces y, como dirían los Monty Python: Stop it!

No tengo certezas en la escritura excepto una, eso no funciona.

Editoriales con dinero y supuestos comités de marketing muy expertos, y con mucha experiencia, tratan de adivinar lo que quiere el público todo el rato. Y fracasan miserablemente en conseguirlo, porque nadie sabe cómo hacer un best-seller y no creo que nosotros vayamos a estudiar el mercado mejor que esos expertos. Pero es que, sobre todo, es una premisa fallida que mata al arte y tampoco da vida a las ventas.

Y si las da, lo siento de veras.

Porque conseguirás un público que no conecta con lo que quieres escribir realmente y hará de la escritura una experiencia miserable, respondiendo a amos externos, en lugar de construir un refugio interno en el que quizá otros, que se parecen y sienten de manera similar, también quieran cobijarse.

Y si pensar demasiado es porque tu cabeza es como es y se parece un poco a la mía, entonces sólo puedo decir: «No lo sé». No tengo ni idea de qué hacer, excepto lo mejor que pueda con lo que tenga en ese momento y tratar de aprender de los inevitables errores. Yo aún no he ganado esa guerra, lo reconozco.