Quizá ya he dicho esto porque la canción miente y más de veinte años es algo, pero yo no tengo consejos para escribir, como mucho aprendizajes que no siempre aplico. A veces los comparto y quizá otros escritores se vean en esos espejos y a la mayoría le suenen extraños. Está bien, porque los mandamientos escritos en piedra no traen nada bueno.
Hoy he recopilado otros cuantos de esos aprendizajes que encontré por los rincones, para recordármelos a mí mismo y por si aparecen viajeros despistados.
Empecemos poniéndonos líricos, aunque no sea mi manera, pero baila como si nadie te viera y escribe como si nadie te fuera a leer, sólo así saldrá de verdad la canción que llevamos dentro, libre de los condicionamientos que tratan de moldearnos desde que encarnamos en este planeta prisión. Ese es el único camino y uno de los pocos grados de libertad que quedan, así que no lo entreguemos fácilmente a los amos de la granja. Y menos a conceptos fatigosos como la aprobación de los demás o sueños de éxito, que ya dijo Calderón que sueños son.
La historia nace del personaje, de sus emociones, ambiciones, objetivos y reacciones a lo que esa historia le pone delante, enseñando de lo que está hecho, mostrando que no es un troquel de cartón o un puñado de tópicos bajo un abrigo haciéndose pasar por persona.
Por supuesto, hay historias donde lo más importante es el argumento grandioso y los personajes resultan poco más que peones en ese juego, pero hay que llevar cuidado porque a menudo hay una trampa ladina entre esa maleza, la de retorcer acontecimientos y protagonistas para que los hechos discurran por donde queremos, sacrificando lo que sea, especialmente, veracidad o lógica.
En mi experiencia, la historia sólo se revela de verdad cuando la escribes y no cuando la planeas, por eso la necesidad de saber lo que quieres contar, poner las piezas, dar el primer impulso y luego dejar un cierto margen para la sorpresa y que todo tome vida propia. Que los personajes y sucesos nos lleven con ellos donde deba ser y no donde nuestros planes ansían a toda costa. He hablado en otra ocasión de la escritura como exploración y aquí estoy retomando de nuevo ese concepto.
Además, (casi) cada semana voy al cine y este suele ser el pecado más habitual. Los protagonistas se vuelven idiotas de repente con sus decisiones para que el argumento siga por los pasos de la fórmula prevista desde el principio, los Deux ex machina aparecen como el Séptimo de Caballería para sacar de atolladeros, las reglas del mundo que el guionista puso se rompen para hacer posible el giro… Todo se supedita a lo necesario para que el argumento vaya por raíles premeditados y no para donde sea coherente o demanden los personajes o la propia historia.
El problema de no pecar en lo anterior es que escribiremos a menudo hasta quedar arrinconados, pero escapar de esos entuertos sin soluciones forzadas es parte del reto y la diversión (diversión a posteriori, porque en el durante te arrepientes y los dedos se van a la tentación de salida fácil, esperando que nadie se dé cuenta).
Para cerrar, he leído varias veces en varios sitios que si algo de lo que escribes te aburre a ti, también aburrirá al lector, pero mucho cuidado con esos espejismos cuando atraviesas el desierto del borrador (sobre todo, la temida mitad) porque parte del aburrimiento vendrá de haber leído cien veces lo mismo y saber lo que ocurrirá a continuación.
Eso va desgastando la percepción de un cuchillo que puede seguir afilado cuando te lo encuentras por primera vez. Diferenciar entre uno y otro aburrimiento es, de nuevo, parte de lo que forma a un escritor y, si somos ciegos y no podemos distinguirlos, no pasa nada. Es hora de dejarlo en barbecho, poner perspectiva, distancia y olvido, para regresar con ojos nuevos y mente vacía.
Eso, con un poco de suerte, nos permitirá distinguir entre espejismos.