Papá, quiero ser artista

Papá, quiero ser artista

¿Qué hace que alguien se dedique a escribir, pintar, actuar o cualquiera de las artes?

Unos hablan de vocación, otros de conceptos igual de difusos y literarios. Y todos los artistas a los que se les pregunta comentan que, ya desde pequeños, siempre estaban con sus historias y sus dibujos y sus canciones.

Parece algo intangible, un misterio perteneciente a esos rincones creativos que tienen un pie en este mundo y otro en el etéreo las musas. Sin embargo, como la mayoría de mitos sobre escritura y arte de los que he hablado aquí, la respuesta es mucho más prosaica.

Las probabilidades de que acabes teniendo una carrera artística, básicamente, dependen del motivo de siempre: el dinero.

No es muy trascendente, pero es lo que muestran la historia y los estudios al respecto, al menos cuando los miras bien y los despojas de las narrativas románticas con las que decoramos esto.

En su día, ya vimos que, esencialmente, el aura atormentada y alcohólica de los escritores era una tontería, puro mito. La enorme mayoría de autores importantes han sido tipos aburridos y rutinarios, porque sin rutina y una enorme disciplina de trabajo sobrio, cosa que hasta Hemingway reconocía, no se consigue nada decente.

Pero claro, nos quedamos con las anomalías y, de nuevo, como lo más importante es siempre la historia, los propios artistas exageran el aura de malditismo, porque creen que es más atractiva.

Para nada, resulta un cliché gastado y cansino, pero ese es otro tema.

Esta vida tiene la manía de que haya que comer y pagar facturas, además de que debes recibir una educación para las artes, o al menos una básica… y a lo largo de la historia, esas cosas han estado reservadas a los hijos de los adinerados.

El vástago del humilde empezó a recibir esa educación hace apenas dos días en términos históricos. El hecho de que, en los años 20 del siglo pasado, o antes, te dedicaras a escribir, pintar o componer ya era señal de que venías de una cuna privilegiada que te permitió recibir dicha educación. Las clases más bajas deshollinaban las chimeneas de las fábricas cuando eran niños y luego apretaban las tuercas en la cadena de producción de mayores. Y antes de eso, morían en el parto y, si no, a labrar las tierras feudales o morir, por a saber qué cosa, cuando te reclutaban para la leva.

En España, de hecho, no es raro ver todavía a generaciones mayores que apenas aprendieron a leer, escribir y no mucho más.

Dedicarse al arte siempre ha sido un privilegio y eso no ha cambiado mucho. Para quienes no venimos de un entorno de afluencia, resulta una lucha constante contra el día a día y su exigencia de entregarle todo el tiempo, a cambio de pagar (o no) las facturas raspando. Y así, hasta que ya no puedes más y lo dejas agotado, o eres un diletante cuya carrera artística apenas puede recibir ese nombre.

Todo esto también lo corroboraron los economistas hace algunos años, acabando de romper el mito de artista hambriento, como se rompió el del alcohólico.

Conocemos y repetimos las historias de las anomalías que pasaron hambre, los mitos de Rowling madre soltera que vivía de subsidio o el Bukowski de trabajo precario, hasta que su editor le pagó 100 dólares mensuales de aquellos tiempos, para que se dedicara solamente a escribir.

Pero las contamos todo el rato porque son las más interesantes, no las más habituales o ciertas.

Repetimos las medias verdades, como las de Hemingway en París y su: «Éramos tan pobres y tan felices», mientras se amamantaba del fideicomiso de su mujer y su propio sueldo en el Toronto Star. Su padre, de hecho, fue un médico con una clínica exitosa, su madre se dedicaba a la música y su abuelo era corredor de bienes raíces (inmobiliario). Nació en una familia acomodada, eso le permitió la educación para trabajar la palabra y no la tierra.

Karol Jan Borowiecki, economista de la Universidad del Sur de Dinamarca, en un estudio reciente de 2019, concluyó que alguien cuya familia tiene unos ingresos de 100.000 dólares, tiene el doble de probabilidades de convertirse en artista, (actor, músico, autor…) que un aspirante con unos ingresos familiares de 50.000 dólares.

Y como siempre, cuanto más crece el dinero, más crece la diferencia.

Si se aumentan esos ingresos anuales comparando 1 millón de dólares y 100.000 dólares, los miembros de la primera familia tienen casi 10 veces más probabilidades de elegir una profesión creativa que los de la segunda.

Borowiecki afirma que, por cada 10.000 dólares más de ingresos totales, o de ingresos antes de impuestos de los familiares directos, una persona tendrá un dos por ciento más de probabilidades de dedicarse a un campo creativo.

No podemos impedir que la verdad arruine una narrativa épica de artista que vive en la bohemia y el hambre, hasta que doblega al mundo por la fuerza del talento. Al final, la inmensa mayoría de los que pueden dedicarse a esto son quienes tienen una red de seguridad, porque es extremadamente difícil vivir de escribir.

Seguiremos celebrando la anomalía, seguiremos repitiéndola hasta que parezca la única historia que hay, pero el artista hambriento y borracho, en realidad, suele tener el estómago más lleno y más sobrio de lo que nos cuentan.