El lado bueno del desencanto

El lado bueno del desencanto

Si hay una experiencia compartida por todos los escritores, es la del desencanto. No todos publican, no todos ganan premios, no todos venden o terminan siquiera las historias que empiezan, pero todos escuchamos el «no». La mayoría de nosotros, muchas veces.

Y, al final, la gota parte la piedra y no hay escritor que no haya probado a qué sabe la desilusión.

Pero el desencanto está bien porque, cuando llega, se marchan todas esas razones artificiales por las que escribías y, si a pesar de todo continúas, entonces queda solamente lo importante, el verdadero motivo por el que hacer esto.

El desencanto es la criba que filtra a los que aman la escritura por lo que es y no por lo que tiene, o cree que puede darle. Que tengo claro que no nos casamos por dinero, fama, adoración o ego, pero un poco sí, al menos al principio.

Luego te das cuenta de que todo eso no existe, de que no vas a triunfar donde fracasó Ozymandias, ni vas a heredar sus tesoros. Así que muchos se van, quedamos un puñado de locos y la desilusión tiene otra parte positiva:

Los escritores desencantados escriben mejor tarde o temprano. Es imposible hacerlo bien si no estás a este lado de la decepción.

Sin necesidad de contentar a nadie, sin aspiraciones de fama, los autores desencantados son libres para escribir lo que deseen como deseen. Y con ese poco de suerte que hace falta para todo, lo que querían decir, y no lo que creían que querían oír los demás, se abre paso en su obra. La escritura debe ser honesta para ser buena, no hay otro camino, a eso es a lo que se refieren todos los grandes que hablan de escribir sobre lo que sabes o escribir algo cierto.

Sin nada que perder, y la seguridad de que tampoco hay nada que ganar, estás desilusionado, pero también libre para escribir, como decía Scott Fitzgerald:

De tus reacciones más poderosas y no de las pequeñas cosas insignificantes que te tocan de refilón […] de transferir tus emociones a otra persona con algo tan radical y desesperado como arrancar del corazón tu primera historia trágica de amor y ponerla en las páginas para que todo el mundo la vea.

Y así, el trabajo de escribir por escribir se transforma en el mejor momento del día, a las estrellas a través del desencanto.

Pero mientras haya una esperanza de recompensa, seguiremos atrapados en el juego que nunca se puede ganar: leer la mente de los demás e intentar satisfacerlos como sea. Esa sí es la verdadera fórmula de la frustración y tras ella no hay nada más.

Una vez, leí la historia sincera y desgarradora de una pareja que tuvo que afrontar la enfermedad terminal de uno de ellos. Según su experiencia, el paso más importante que tuvieron que dar fue abandonar toda esperanza de curación y milagro, porque sólo así comenzaron a vivir realmente el presente que les quedaba, a quererse y tenerse por lo que son, sin vivir ni fingir una vana ilusión de que todo iría bien, ni construir las cosas sobre esos cimientos de arena.

Es un mensaje duro y necesario que muy pocos comprenden, porque la palabra esperanza es una de las más bonitas, pero, como todo lo hermoso, suele esconder algo.