El peso de la creación

El peso de la creación

Hace poco, leía un artículo sobre una pareja que tenía un podcast y sufrió la maldición más habitual en los creadores hoy día.

El peso de la necesidad de realizar contenido constante.

La historia es cada vez más familiar. Esta pareja creó su podcast porque necesitaban decir algo y empezaron a ser escuchados, a generar una audiencia que se vio identificada y, entonces, el arte (o el entretenimiento o como se le quiera llamar en cada caso) cambia de dirección y se convierte en otra cosa.

Pasa de ser algo en tu interior, que necesitas compartir, a algo marcado desde fuera con lo que tienes que cumplir.

O si no, «dejas de ser relevante», signifique eso lo que signifique.

Hoy día, saturados de opciones y con la memoria más corta que nunca, hay una presión constante para crear contenido una y otra vez, para permanecer a flote en ese vestigio de atención que se nos ha quedado, diminuta si la comparamos con la de hace 20 años. Otra foto, otro escrito, otro episodio y otro vídeo, correr sobre una cinta que se mueve en sentido contrario. El sabor de la fama y la atención es demasiado dulce y no quieres perderlo, así que, como el ahogado que se hunde y debe bracear, uno crea más y más contenido y escupe lo que puede para que el foco no se vaya a otro lado.

Pero es una carrera destinada a perderse y a agotar el refugio que te habías construido, ese reducto de libertad en el que ibas al ritmo de tu propio tambor. Si alcanzas un mínimo remedo de fama o atención, hay una presión brutal a cambiar tu tambor por desfilar al paso de la oca que te marquen y hasta que te agotes.

Y cuando eso pase, nadie se acordará de ti. Tanto esfuerzo por algo que no te quería de verdad, la historia de siempre.

El arte, el entretenimiento, esas aficiones o lo que sea que te cobijaba de la constante llovizna de mierda, se ha convertido en otra rueda más de la máquina. Esta no permite mecanismos ajenos a ella.

El agotamiento y la debacle serán inevitables, el arte y la creación no pueden ser coaccionados. Aunque seas muy bueno y prolífico, siempre va a haber un declive y, al final, lo intentas más fuerte, con más contenido, aunque eso sólo implica quemar más rápido la mecha, presentar algo más mediocre y que todo se acabe proyectando una sombra de lo que creabas al principio.

Es el signo de los tiempos con todo, también con cualquier otro trabajo o actividad. Vivimos metidos en una picadora que exige cada vez más a cambio de cada vez menos, y que tiene un suministro ilimitado de ansiosos que quieren el foco como sea. Cuando era crío, no entendía por qué los mosquitos y las polillas volaban como idiotas alrededor de la luz, chocándose con ella, no haciendo nada, excepto tratar de que una estúpida bombilla les quisiera.

Eran otros tiempos, no había LEDs, las lámparas acababan quemando a los insectos que las amaban sin ser correspondidos, así que supongo que sí se parecen un poco a estos tiempos.

«¿Para cuándo algo nuevo? ¿Cuándo sacas otra cosa? ¿Vas a publicar o qué?». Preguntas que se van espaciando con el tiempo hasta que ya no se oyen y me parece bien.

De seis a ocho de la mañana es mi momento de libertad, cojo mi tambor y suena al ritmo del tac tac del teclado. A las ocho, me preparo un excelente café italiano que encontré de casualidad, como todas las cosas importantes de la vida. Y ese es mi cobijo antes de que los demás entren por la maldita ventana del móvil, que exijan cosas y trabajos que trato de que nunca toquen esas dos horas que siguen siendo un refugio.

Porque no puedes ganar el juego de la creación constante, la fama y la atención, pero hay otra opción y los que reconozcan esta imagen quizá la recuerden…

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