La cabaña de George Bernard Shaw

La cabaña de George Bernard Shaw

Hoy algo ligero, sólo un poco de envidia, una anécdota cualquiera, porque no hay nada más fastidioso que estar siempre con temas sesudos. Pesan demasiado.

De vez en cuando, paseo por mi pueblo y veo todas esas casas que se venden porque se muere, e imagino que una de esas cambras al sol es mía y subo allí cada mañana a escribir bajo la luz del amanecer, ajeno a las cosas del mundo y rodeado del trino de los pájaros y las casas vacías.

Parece un sentimiento compartido, el hecho de que muchos escritores quieren conquistar el mundo al principio, pero luego sólo desean escapar de él.

Hace poco, leía sobre la cabaña de escritura de George Bernard Shaw, el Nobel irlandés. Se puede visitar, al parecer, y permanece como cuando vivía y escribía en ella.

La cabaña de escritura de Bernard Shaw

Como se puede apreciar en la imagen de arriba, se trata de una casita de madera diminuta (seis metros cuadrados, más que muchos pisos actuales), cuya principal curiosidad es que está montada sobre una plataforma giratoria, lo que le permite rodar sobre sí misma para encarar la luz del sol o tener otra vista.

En ella, una máquina de escribir, un calentador eléctrico, papel, accesorios de escritura y un teléfono, para cuando Shaw se ensimismaba con el sonido hipnótico de las teclas y se le tenía que avisar de que era hora de comer.

Un tipo peculiar este Shaw, bastante más cuerdo que el escritor medio. Hizo instalar unos innovadores cristales que dejaban pasar la luz ultravioleta, creía en el sol y en la euritmia (Sweet dreams are made of this), invitaba a otros periodistas a hacerle fotos ante su santuario.

George Bernard Shaw posando delante de su cabaña

La pequeña cabaña estaba situada en medio de un enorme jardín, que hoy es parque, creo. Shaw apodaba «Londres» a la cabaña, de modo que, cuando llamaban a la casa principal preguntando por el escritor, podían decir que «estaba en Londres» y no mentía, esquivando a todos esos que tratan de encontrarte a través de ese invento infernal.

Esa cabaña es la metáfora de la escritura para muchos. Un pequeño refugio que corre tras el sol, una excusa para decirle a las cosas de siempre que no estás, que te has marchado lejos, a Londres o qué más da el sitio, lejos donde no puedan encontrarte y ya está.

Hay quien dice, a veces con un poco de retintín, que la lectura es un escape de la realidad, que también lo es la escritura. Eso es genial y escapar es legítimo. En la guerra, los soldados que caen prisioneros tienen el deber moral de hacerlo. En esta extraña paz que vivimos algunos, se nos trata de convencer de lo contrario, de avergonzarnos si intentamos rebelarnos de nuestro papel de engranajes productivos.

Por eso, creo que también es un deber moral escapar de lo cotidiano y de lo que nos dicen, y no darle más que las satisfacciones mínimas necesarias a la «vida real» y ni una más. También me parece otro deber moral construir la cabaña de Bernard Shaw, literal o figurada, y pasar todo el tiempo que puedas allí, mientras dejas una nota diciendo que te has ido a Londres.

Es posible que se pregunten por qué me he tomado el tiempo de escribir [libros]. Sólo puedo responder que no lo sé. No hubo ningún por qué. Tenía que hacerlo: eso era todo.