Casi...

Casi...

El libro de relatos Todas ellas casi fue publicado por editorial tradicional, pero a quién se le ocurre preguntar cosas básicas sobre el contrato de edición y distribución. El libro Escribir bien casi sale por editorial tradicional, una dedicada al ensayo y conocida en su campo. Y Perdimos la luz de los viejos días casi se lleva el primer premio, pero se quedó en accésit y así con otro puñado de relatos e historias durante todo este tiempo, finalista aquí, finalista allá…

Casi sale también, no hace demasiado, una novela nueva con una editorial independiente que cerró hace unos meses. Estaba todo a punto y me sacó brevemente de la desidia editorial que he ido acumulando con los años. Pero luego se fue retrasando y ya no recibí más mensajes y no puedo decir que no lo esperara, así que, ni siquiera insistí, no tenía sentido.

De pequeño, tuve un amigo que se llamaba Álvaro, uno de esos niños que iban de sitio en sitio montados en la estela del trabajo de su padre. Fuimos los mejores amigos, intercambiamos sellos, me contaba cosas de su vida anterior en Suiza, era un niño muy carismático y se marchó al poco tiempo. Pero me dejó una frase que repetía mucho cuando yo decía que casi ganaba en el juego o casi conseguía algo:

«Sí, casi, pero el casi es lo que más cuesta».

Y tenía toda la razón en esa frase que parecía la de uno de esos niños de película que hablan como adultos, a pesar de ser unos renacuajos que no contaban ni siete años. Supongo que Álvaro creció rápido, a pesar de tener las raíces poco profundas de ir de sitio en sitio.

La realidad del escritor y la escritura es que está hecha de muchos casis y sí, parece que están ahí y son reales, pero no importan porque son lo más difícil.

Todos los tenemos, todos estuvimos a punto de rozar la gloria o yo qué sé. Si nos hubiera salido esto o aquello que parecía seguro, si nos hubiera leído este o aquel que dijo que lo haría (pero no), si hubiera ganado ese concurso en el que me quedé cerca (pero tampoco)…

Cuando parece que estás a punto de vencer y ya rozas lo que deseas, está más lejos de lo que parece y has de redoblar el esfuerzo, insistir y empujar, para no caer en el espejismo de los últimos metros. Yo me he creído muchas veces ese susurro de que ya lo tenía antes de tenerlo, pero espero que nunca más. Ahora, incluso cuando veo y toco las cosas, no me creo del todo que estén ahí.

No tienes nada hasta que no ha pasado. Todo lo que he contado al principio era «algo seguro» y se trabajó bastante, pero no se pudo recorrer el «casi» final, porque el último metro cuesta tanto como los primeros diez mil.

Al menos, esa ha sido mi experiencia.

Me enteré de que Álvaro, mucho tiempo después, volvió por mi pueblo natal un verano, pasó por mi casa y preguntó por mí. Yo no estaba en ese momento, él vivía en Alcalá de Henares. Cuando me lo dijeron, no hice nada por encontrarle antes de que se marchara esa misma noche. Cosas de los veintipocos, donde la vida que importa está delante y no detrás.

Tanto tiempo después, sigue sin gustarme el pasado, la nostalgia es tramposa y pertenece al recuerdo, mejor que se quede allí, donde aún podemos refugiarnos sin que la realidad la toque.

Luego me supo mal lo de Álvaro, claro, aunque me digan que para las cosas que terminaron soy frío y no quiero verlas más. Me arrepentí un poco, los móviles todavía no eran habituales y casi salgo a buscarle por el pueblo, pero el casi es lo que más cuesta.