La normalidad del decorado

La normalidad del decorado

Una de las pocas ventajas de hacerse viejo es la paradoja de que pierdes vista y, a la vez, ves mejor. O, al menos, empiezas a ver las cosas como son, sin todas esas historias que cargabas a la espalda como un lastre.

Una de ellas es la de ser especial. Ya dije hace muchos años que no lo éramos y hoy digo que no pasa nada por eso, porque no tenemos que serlo. En serio.

Nos podemos quitar esa carga porque, como ocurre con casi todo lo bienintencionado, resulta una noción destructiva y frustrante.

Para esos críos que destacan un poco en algo o son estudiantes aplicados, la trampa de ser especial es casi imposible de evitar. Caen porque todo a su alrededor, especialmente las personas bienintencionadas y las historias que nos cuentan, hablan de ser únicos, de estar destinados a algo, de usar esos talentos y que, un día, ocurrirán grandes cosas que lo cambiarán todo.

Tú lo cambiarás y cumplirás ese destino que imaginas en tu cabeza.

Nos sentimos protagonistas, pero apenas parecemos personajes no jugadores. ¿Todas esas personas del metro que son un decorado borroso de nuestra existencia? Nosotros formamos parte de ese mismo decorado para sus vidas.

No estamos destinados a nada, no hemos venido al mundo a algo que sólo podemos hacer nosotros (eso es, estadísticamente, casi imposible) y asumirlo de una vez está muy bien, porque ya podemos hacer lo que queramos hacer, sin la enorme presión de cumplir unas expectativas inalcanzables.

Nos aferramos a historias de destino y grandeza por los mismos motivos que muchos creen en conspiranoias, porque necesitamos sentir que esto tiene algún sentido, por retorcido que sea. Porque no podemos creer que esto sea, simplemente, un asunto aleatorio en el que apenas contamos, porque somos demasiado insignificantes.

No pasa nada, prácticamente todos estamos varados en la normalidad, al menos, ahí no estamos solos.

No tenemos que crear la empresa que salvará al mundo, el libro que lo consolará, la pintura que lo arrebatará o la canción que lo hará moverse. No pasa nada por ser uno más o ser sólo un poquito, eso no es fracasar, es la vida. Tener una página en la Wikipedia (que no te hayas hecho descaradamente tú, como he visto en un puñado de autores) es la anomalía.

Está bien no cambiar el mundo, qué pereza y qué presión ser responsable de eso. Está bien que miles de personas no estén pendientes de lo próximo que vas a escribir, componer o dibujar, esa también puede ser una cárcel terrible.

Siendo normal puedes hacer lo que quieras como quieras, o mejor aún, puedes no hacer nada si lo deseas, porque nadie lo espera. Probablemente, nuestro mayor esfuerzo no causará ni un roce en la armadura del mundo y no pasa nada. Podemos seguir moviéndonos hacia adelante a nuestro paso, sin la obligación de que nuestras huellas permanezcan.

Al principio, yo lo quería todo, ahora deseo algo más difícil, que me dejen tranquilo y un puñado de cosas sencillas: respirar bien, que el dolor y la mala suerte no miren mucho en mi dirección, una tarde bonita, sueños profundos. Una mañana en calma para perderla, sin el remordimiento de que debería estar haciendo algo para cumplir un destino que no existe.