Las ideas infinitas

Las ideas infinitas

Los escritores tenemos una relación temerosa con las ideas: tenemos miedo de que nos las vayan a plagiar, de que se nos vayan a acabar y de que la siguiente nunca sea tan buena como la que acabamos de tener. Pero esas tres creencias son falsas.

Conocí hace mucho a una escritora que me dio unos textos para leer, a pesar de haber dicho mil veces que no soy crítico, ni doy opiniones. Me gustaron bastante y le dije que por qué no los exponía o intentaba publicarlos. La respuesta fue que temía que le plagiaran y por eso no las enseñaba a nadie, ni siquiera a editores (no voy a entrar en la lógica o no de mostrármelos a mí).

—Pero dices que quieres ser escritora y así nadie te leerá nunca.

—Lo sé.

Teniendo en cuenta las taras de los escritores que he conocido, me pareció de las más cuerdas.

Yo, cada día que pasa, sé menos sobre las cosas, pero de esta estoy bastante seguro: el verdadero temor que deberíamos tener es el contrario, que a nadie le interese nuestra escritura lo más mínimo, que nadie piense que es lo bastante buena como para copiarla o inspirarse.

El plagio sucede, pero cuando miramos cada cuánto lo hace, vemos que hay toda una enorme fila de temores que deberían tener más prioridad. No somos tan buenos como dice nuestro ego y deberíamos temer más a la oscuridad (el destino casi inevitable) que a la copia.

La segunda concepción errónea respecto a las ideas es que se acaban, pero yo mismo descubrí durante unas Navidades que es al contrario. Que me propuse escribir en esta misma página durante 30 días seguidos y, de regalo, continué 30 días más. Y durante ese tiempo, comprobé que la creatividad es un músculo y, cuanto más la usas, más fuerte está. Las ideas bullían y la escasez era de tiempo y energía, no de ocurrencias. Este comportamiento de las ideas parece contraintuitivo, pero así son también muchas otras cosas importantes.

Las ideas guardadas atraen a las polillas con el tiempo. Languidecen, nunca encuentran el momento y, un día cualquiera, cuando las vuelves a leer, ya no te parecen tan buenas o, simplemente, ya no estás en el momento de escribir sobre eso y su tiempo ya pasó.

A veces me pasa, hojeo las libretas en las que apunto mil cosas caóticas, o consulto las notas desperdigadas por el teléfono y cien ordenadores distintos y, cada vez que pienso en guardarme algo para un mejor momento, me obligo a ir contra el instinto y usarlo.

Pero, ¿y si no viene otra idea después que sea igual de buena?

Esa es la tercera concepción errónea porque, si tenemos un poco de suerte, el tiempo y la práctica nos cambiarán como escritores, no siempre para mejor. Eso tiene la parte incómoda de volver sobre lo escrito hace unos años y pensar que no nos gusta nada, que ojalá nadie más lea esto. Es una sensación desagradable, pero también nos libera de nuevo de esa mentalidad de escasez, porque el temor que deberíamos tener no es que algo sea demasiado bueno como para que no escribamos nada mejor en el futuro, sino que ojalá no sea demasiado malo cuando lo releamos para entonces.

No sé, quizá estas tres concepciones falsas sobre las ideas me han enseñado que, al final, la vida no se basa en eliminar los miedos, sino en tener los correctos.