Todo es chispa, nada es llama

Todo es chispa, nada es llama

Todo es chispa y nada se convierte en llama. Eso pensaba tras este verano en el que he descansado de la web y apenas he entrado en redes sociales. En red social, mejor dicho, ya que sólo uso Twitter, pero apenas, porque si antes era ciénaga, ahora es estercolero.

Que, para quien le interese, esto he puesto en marcha para mejorar mi experiencia en Twitter y deshacer lo que Elon ha hecho.

Imitando a la vida, esas redes sociales se han convertido en un «pagar para ganar», o mejor dicho, en una lotería donde te dicen que pagues, porque así, a lo mejor ganas, el discurso de la banca del casino.

La edición ya tomó ese camino hace tiempo, con el canto de sirena de pagar para publicar y volver el mundo del revés, la única forma de que por fin «cumplas tu sueño» y firmes en El Corte Inglés. Pero siempre estás al otro lado del escaparate.

Sea como sea, pagando o no, casi todo el arte, excepto el de los tocados por la suerte (que nos muestran como lo normal, cuando son la excepción) destella durante un instante y luego se apaga para siempre.

Pensaba todo esto mientras ordenaba la estantería y limpiaba el polvo a un puñado de discos de pequeños grupos y artistas a los que he apoyado durante estos años. Participé en los crowdfundings con los que grabaron sus LPs, fui a los conciertos en los que presentaron sus canciones y, dos días después, habían pasado dos años y de aquellos sueños nunca más se supo.

Recuerdo a una cantante con mil trenzas de colores, su sonrisa en el único concierto que dio y cómo hablaba de los años de trabajo para el disco, que destellaron aquella noche como una chispa con tantos tonos como su pelo, pero no prendió fuego y su web no se actualiza desde 2021 y no sé qué fue de ella.

Recuerdo el segundo grupo de un amigo, y el tercero y el cuarto, cómo ahorraba todo el año para bajar a Cádiz a grabar con un productor profesional. Los momentos más felices de su vida, dice siempre, sabiendo que, en realidad, pagaba para experimentar eso.

Digo música, pero podría poner escritura, danza, interpretación, pintura, dibujo, escultura, cómic, animación…

Recuerdo la promesa de que las máquinas trabajarían y nosotros haríamos arte, pero las máquinas escriben y pintan, mientras a nosotros se nos pide que hagamos el doble por la mitad. Otra vez eso del mundo del revés, pero creo que el plan siempre fue que el arte valiera cero.

Recuerdo a la hija de una amiga bajo las Perseidas, ensimismada con un papel y lápices de colores, dibujando antes de aprender a escribir, callada en el suelo, metida en un mundo creado por ella. Como me pasaba a mí de pequeño, aunque yo escribía porque nunca supe dibujar.

Recuerdo pensar que debería regalarle algún libro para avivar un poco la chispa y que se hiciera llama, aunque sea sólo en ella. Porque si la llama prende dentro, el arte calienta un poco y te puedes refugiar en él durante los días extraños.

Que algunos prenden y brillan al arder y son una hoguera alrededor de la que se sientan otros a escuchar. En ese caso, es importante evitar el sacrificio en el altar de la creación constante de contenido para que no se consuma la llama, la ansiedad porque no se apague u otros te roben el fuego. La trampa de quemarte con él, en lugar de que sea luz para otros.

Uno podría creer que la moraleja de esta historia es que no merece la pena, pero no hay moraleja, sólo un puñado de recuerdos de verano.

Así que voy a comprar un libro para una niña y quitar el polvo a más arte que no prendió. Y lo triste no es que no lo hiciera, sino todos esos que no entienden por qué mereció la pena, a pesar de todo.