Confesiones literarias

Confesiones literarias

He aquí algunas confesiones, sin orden ni concierto, relacionadas con la lectura y la escritura.

Mi educación literaria infantil tuvo mucho de Julio Verne y la enorme colección de obras suyas que había en mi casa. Éramos humildes, la regalaba un banco al poner dinero a plazo fijo o algo así.

De adolescente, era un geek de manual cuando eso ni existía. Leía a Tolkien, George R.R. Martin (Una canción para Lya es un cuento magistral) o Lois McMaster Bujold. Esa fue mi educación y soy un tópico, pero al menos no uno que leyera a Kerouac ni Bukowski en su etapa más impresionable y lo agradezco.

Sigo siendo ese geek, por cierto.

Hablando del Kerouac, no me pude terminar En el camino. Es la (no) historia de un puñado de gente horrible, que va como una plaga haciendo horrible la vida de las personas que tienen la mala suerte de encontrarse con ellos. Pero, hey, estamos locos, el espíritu libre y otras excusas tópicas para ser un mierda.

En cuanto a la prosa, no me meto, le paso el micrófono a Truman Capote: «Eso no es escribir, es teclear».

Respecto a Bukowski, sus novelas siempre me dejaron frío, pero su poesía me parece buena.

Creo que sufro un enamoramiento profundo con Jumpa Lahiri. Me leí El intérprete del dolor y tiene lo que más envidio, la maestría de que «no pase nada» en los relatos y no puedas dejarlos y que escriba la lista de la compra y yo quiera leerla.

Maestría son también George Orwell y Clarice Lispector.

El libro que menos me gusta de Hemingway es, curiosamente, El viejo y el mar.

Sí, me levanto muy temprano y lo primero que hago es escribir. Una de esas cosas que se han apropiado los miles de gurús y coaches que infectan Internet. Es el mejor momento para mí porque el mundo está durmiendo y me deja en paz, que es lo que siempre quise.

Siempre estoy con la broma de que no me junto con otros escritores, pero, en realidad, no es una broma. Cuando publiqué por primera vez, mi editor quiso organizar varias reencarnaciones del Café Gijón con autores de la casa. Los Mediterráneos y exiliados, incluyendo Barcelona, decidieron que Valencia sería el punto medio perfecto para eso. Mi contestación es fácil de adivinar y, desde entonces, hasta hoy. Así me va, porque el de la escritura y lo editorial es un juego de personas, relaciones y marketing, no de palabras.

Dicho eso, y como contengo multitudes, que dijo aquel, mantengo contacto eventual, siempre a través de una pantalla, con algunos escritores que me caen bien y a los que odio, porque escriben infinitamente mejor que yo. Espero que no se enteren de lo del odio.

El panorama editorial es mucho, pero mucho más oscuro de lo que parece, y ya no me refiero solo al pirateo y la informalidad de muchos de los personajes que lo pueblan.

Sin embargo, siempre hay un puñado de buenos valientes que no están hechos de un comité de marketing. Uno de los editores que mejor impresión me causó fue Constantino Bértolo (ex de Caballo de Troya). Sólo intercambié algunos mensajes en los que me dijo que justo acababa de dejar la edición y su amabilidad me dejó a mí huella hasta hoy.

Nunca digo que escribo y, si por lo que sea, alguien dice que me ha leído, cambio de tema enseguida. No se trata de humildad, supongo que sólo es baja autoestima.

Hice demasiado tarde las paces con dejar un libro a medio. Ahora es la tónica y, de hecho, me encuentro en ese lugar terrible donde muy pocas cosas que leo me estimulan. Pero cuando lo hacen, esa sensación de querer terminar lo que sea que hagas, para coger el libro con el que estás, no es como ninguna otra.

Si yo he experimentado algunos (muy escasos) fenómenos de gente que cree conocerte por leerte, y se toma demasiadas confianzas (por decirlo finamente, ya que a veces ha rayado el trastorno mental), no quiero ni pensar lo que será para todos esos que venden toneladas.

Hasta aquí este puñado de cosas volcadas de cualquier manera, quedan unas cuantas en el tintero. Quizá en otra ocasión, ahora debo escribir otras cosas.