Alguna vez he hablado de que la escritura (cualquier arte, supongo), es un asunto ciclotímico de manía y depresión, de caminar por uno y otro lado. Al menos en mi caso, pero he podido comprobar que también en el de otros muchos. Que de hecho, el gran reto es ese caminar entre ciclos de confianza y duda, como lo expresaba el fotógrafo Peter Hujar en sus conversaciones con la escritora Linda Rosenkrantz. Por supuesto, las otras dos preocupaciones constantes eran el dinero y la sostenibilidad, pero ese es otro tema.
La clave de todo en este caso es cómo pasar de la duda a la confianza y, sobre todo, cómo no quedarse atrapado en uno de los ciclos, ya que parece que el proceso creativo nace en esa fricción constante.
Quedarse en el ciclo de confianza crea malos escritores, los que todo lo hacen bien y no necesitan mejorar nada. En ese lugar todo es genial, los demás unos paquetes y si no triunfas es, claramente, debido a que el mundo no está preparado para tu talento.
Quedarse en el ciclo de duda mata. Tus textos se quedan a medio, nunca los compartes, pierdes la perspectiva como en las tierras de la confianza, pero de una manera más dolorosa. Probablemete te harás mejor, porque siempre te medirás respecto a los buenos, pero a la vez, eso te hace perder la perspectiva de tus propios avances.
Lo malo de las tierras de la duda es que sus enredaderas atrapan más y es importante acordarse de que es un buen sitio para visitar, pero muy malo para quedarse.
Una de las formas de salir de ahí puede ser darse una vuelta por las librerías, hojear los volúmenes que más se venden y llorar en más sentidos que en uno, porque por un lado puede subir la confianza cuando vuelves a tus textos y esas lágrimas se derraman por la literatura, pero también porque te das cuenta de que calidad y aceptación no tienen nada que ver.
En otras ocasiones se producen esos momentos, esas sesiones de escritura en las que has conseguido coger la ola y hoy lo que has hecho te parece bueno (mañana ya veremos, pero mañana es mañana). Sin embargo, el paso a las tierras de la confianza no será tan claro siempre. En muchas ocasiones, esa confianza exige un poco de fe, exige mirar lo que has hecho y pensar que quizá esto no está tan mal, además de recordar una de las cosas más importantes que he aprendido en esto.
Que el trabajo de juzgar no es nuestro, sino del editor, el jurado o los lectores. Que nosotros sólo tenemos la labor de escribir y no hay otro remedio que hacer ese camino con los altos y los bajos de pisar entre la confianza y la duda. Algo de lo que no nos vamos a librar.
Y si parece que nos hemos librado, mala señal.