Hace unas semanas leía una entrevista al escritor Irvine Welsh (Trainspotting y su reciente secuela Hombres enamorados) y comentó algo que me pareció interesante, al hilo de la pregunta sobre cómo ve hoy a esos chavales de los ochenta de su libro, a los hombres en general:
Fatal, los hombres jóvenes han perdido la empatía porque ya no leen novelas, las únicas que leen ficción son mujeres. ¿Cómo puede ser que no lean novelas si es la mejor forma de ponerse en la piel del otro? Ellos han desarrollado comportamientos psicóticos por la adicción a la dopamina de sus pantallas.
Y tiene razón. La lectura está como siempre, en eterna retirada, y el estandarte hecho jirones de la ficción lo siguen manteniendo las mujeres con un porcentaje arrollador respecto a nosotros. Se nota y lo noto. La enorme mayoría de los que conozco no leen o, peor casi, sólo leen esos libros de no ficción sobre gilipolleces como la optimización de la vida (signifique lo que signifique), el éxito entendido de la manera más tediosa posible y otras mil mierdas tangenciales a esas, como dinero, testosterona e idioteces de pelaje parecido.
En realidad, es buscar lo de siempre, es la señal de socorro desesperada de estar más perdidos que nunca. Esos libros prácticos ofrecen un simulacro sencillo y entendible de algo que dice parecerse a lo que buscamos, pero que no es más que pan de oro sobre nada, el demiurgo diciendo que es dios.
Y mientras, la narrativa y sus enormes beneficios, ya que parece que la lectura debe tener un objetivo práctico para que se le permita existir (un poco como con las personas, en este utilitarismo extremo que vivimos, en el que vales lo que aportas al fatigoso engranaje productivo), ahí se queda sin tocar, sin abrir, sin leer.
Los hombres hemos perdido la empatía y no sólo eso. Algunos la consideran incluso un obstáculo. No me preguntes para qué resulta un impedimento y no se lo preguntes a ellos tampoco, no tienen ni idea.
Me pregunto qué dirían esos optimizadores de vida y salud si supieran que la lectura de ficción no sólo aumenta la empatía, sino que apenas seis minutos reducen mucho más el estrés que caminar o la música, que alivia la depresión, mejora la calidad del sueño, previene el declive cognitivo y tantas cosas más…
A lo mejor con esos mimbres, que la literatura no necesita y me parecen incluso los menos importantes, esos hombres volverían a las novelas y se darían cuenta de que están optimizando obsesivamente cada milímetro de su vida, pero ¿qué vida?
¿De qué sirve optimizar una mierda?
Ahora parece que la única manera de «desarrollar» un personaje es mediante el trauma. ¿Quieres darle profundidad? Trauma. ¿Quieres que parezca persona y no personaje? Trauma. ¿Quieres que los demás glosen cómo eres capaz de comprender la psique y el corazón humanos? Trauma. Trauma para todos por todos lados como único recurso que acaba convirtiendo a todos los personajes en el mismo y añadiendo la profundidad del charco más tópico y perezoso. Miles de cosas nos definen como personas, no sólo el trauma, y una de ellas, al menos en mi caso y estoy seguro de que también en el de la mayoría de los que estáis al otro lado, son las lecturas que tuvimos.
Las que contaron las historias que trajeron esa emoción que nos cambió y removió.
Pero la buena lectura es muy inconveniente porque también hace pensar. Hace que te detengas un rato a mirar alrededor (y dentro), te cambia profundamente y por definición es revolucionaria, un acto de disidencia respecto a un contexto consagrado al pragmatismo productivo, con un reparto basado en el fruto para otros y el esfuerzo para ti.
Los hombres no leemos, muchas mujeres tampoco ya, las cifras son claras en el importante descenso del hábito en general. La lectura siempre con el pie cambiado, siempre retrocediendo en la batalla mientras le llueven flechas.
Una vez más, no tengo solución, sólo observo al margen del río y creo que poco se puede hacer. Poco excepto leer.