El lado bueno del odio

El lado bueno del odio

Siempre he escuchado eso de que: «Los odios de hoy son los amores de ayer». Sin embargo, no sé si lo contrario es cierto, pero me parece posible.

Eso significaría que el secreto para amar lo que haces es odiarlo primero. Al menos, cuando hablamos de escritura.

Cuando empiezas en esto tienes un montón de nociones equivocadas, patrocinadas por la ilusión y las historias que has escuchado y leído. Todas esas que, con buena intención, te dijeron que escribir es gozo. Lo es, pero no todo el tiempo.

Escribir es un viaje y, si tenemos suerte, durante el trayecto cruzaremos un páramo desierto y horrible en el que dudaremos de todo. Odiaremos lo que escribimos y seremos incapaces de encontrarle alguna cualidad redentora. De hecho, también querremos abandonar, porque parece que no valemos para esto.

Pero de verdad que odiar lo que hacemos es señal de suerte y un buen augurio, porque eso significa que nos importa lo suficiente como para hacernos sentir algo, como para querer cambiar eso.

Y es que hay algo peor que el odio, la indiferencia.

Sinceramente, la mayoría de lo que escribo como mercenario vive en esa segunda casa. No agonizo sobre ello, como en el caso de lo que hago cuando se trata de literatura, aunque trato de hacer el mejor trabajo siempre, una redacción impecable en la medida de lo que se me pide y mis posibilidades. Sin embargo, en la mayoría de ocasiones, carece de esa cualidad dolorosa y positiva de la que hablo.

Simplemente, no siento nada especial, la satisfacción del deber cumplido y poco más.

Es algo que hay que hacer para una fecha determinada porque es necesario para un objetivo y mejor olvidarse enseguida, porque hay otra cosa esperando en la cadena de montaje. La creación es un medio en esos casos, no un fin en sí mismo, como cuando se trata de las historias que quiero contar antes de que amanezca y de que me vaya de aquí.

De hecho, si en algo que escribo no paso por esa fase horrible de duda, me mosqueo un poco, porque no hay nada más sospechoso que lo que sale bien a la primera. Además, también es aburrido, porque si no te hace pasar por todo un catálogo de sensaciones, es probable que tampoco despierte ninguna en quien lo lea.

Cuando algo me es indiferente, no agonizo sobre esta palabra o la otra, sobre si puedo hacerlo mejor y decirlo perfecto, aunque sea imposible.

Cuando odio, sé que importa y no vale cualquier cosa, porque con cualquier cosa no voy a salir de ese páramo desesperante en el viaje y cambiar las tornas, convertir el odio en amor con la alquimia adecuada.

Además, tratar de inculcar una emoción cuando no la sientes es una impostura y ese odio tan particular, mezclado con la duda sobre nuestra capacidad como escritores, es la clave para la mejora. Como ya dije hace mucho, el síndrome del impostor, que también asoma el rostro en esos momentos para que la fiesta sea completa, no es algo a eliminar, sino a aceptar y escuchar.

Tratar de matarlo es el primer paso hacia la mediocridad.

Al fin y al cabo, no hay nada peor que los escritores que creen que son unos genios que nunca necesitan cambiar una coma, que creen que todo es gozo y no han visitado nunca ese páramo horrible que forma parte de todo viaje que acaba mereciendo la pena.