El truco de magia

El truco de magia

Detrás de todo truco de magia fascinante, hay una fea realidad. Un mago te maravilla una y otra vez, no puedes concebir cómo lo hace y, cuando lo desvela, siempre hay una cierta decepción, un: «¿Cómo no lo había pensado antes?». Ya no miras igual al mago, ya no parece ese genio, se marchó el sentido de maravilla por echar un vistazo tras el telón.

Por eso no se desvelan nunca los trucos, por el bien de quien los ve y porque no hay que matar la magia, que bastante lo hace la vida ya, así que mejor no contribuir. El mundo ya es mediocre, no hace falta ayudar.

Lo mismo que pasa con la magia, pasa con la escritura. Es mejor no mirar entre bambalinas, no conocer a tus ídolos y no leer lo que no está terminado o no está destinado a leerse.

El proceso creativo consiste, en su mayoría, en saber distinguir lo que tienes que dejar encerrado en un sótano, como ese hijo deforme de los cuentos de terror. Lo que pasa es que ese «código de los magos» que seguimos los escritores puede dar una imagen distorsionada a los que empiezan e incluso a muchos de los que ya llevamos años en esto.

Una imagen frustrante, porque parece que todos, menos nosotros, empiezan las historias con la frase perfecta, pero no.

Si los demás supieran lo desordenado, aterrador, lioso y difícil que es cada proceso de creación… Si los demás supieran las cosas horribles (en todos los sentidos) que hay que escribir hasta llegar a una buena, o la procrastinación salvaje que ha habido, se acababan los mitos de todos esos genios que tenemos en las estanterías con una vela de adoración al lado. Pero también es verdad que los escritores sentirían ese consuelo de saber que no están solos y no están rotos, sino que la escritura es así: un camino frustrante sin líneas rectas, lleno de callejones sin salida por el que se avanza, básicamente, tropezando.

Mi abuela siempre decía que: «Quien tropieza y no cae, avanza un paso». Es una manera de seguir adelante, de progresar a tumbos, que es la forma habitual en la escritura y en la vida, porque se diferencian poco si las miras bien.

Y, por supuesto, también está tropezar y caer, abuela. Para patosos como yo es habitual.

Sin embargo, ser buen escritor implica ser ese mago que no enseña el truco, ocultando el 90% de lo que creas para mantener la misma fachada que los de la estantería. Que no se vean los hilos, ni las palancas, ni los tachones y las palabras de la papelera.

Una de las decisiones más importantes en la vida es la de a qué vas a renunciar a fin de tener tiempo y energía para lo que quieres de verdad. En la escritura, es la de qué no vas a enseñar, qué vas a ocultar en el sótano y cerrar con llave, mostrando sólo ese pequeño porcentaje que los demás creerán que es lo que siempre escribes, cuando es una fracción mínima que no eres capaz de repetir a voluntad.

La escritura es un iceberg en más sentidos de los que Hemingway promulgaba al hablar de ese concepto. Es un iceberg, en este caso, porque sólo ves una pequeña punta blanca que sobresale del agua y resplandece al sol, pero eso es posible únicamente porque, debajo, de manera invisible, hay una montaña de cosas que es mejor no ver y sobre las que se sustenta ese poca escritura que enseñas.

Eso, y que cada uno tiene su proceso creativo, hecho de parches, aciertos y errores, un maravilloso desastre que dice la canción y que dista mucho de ser perfecto y limpio. Pero es lo que hay y, de vez en cuando, una pequeña parte blanca surge del agua y le arranca destellos al sol.

De verdad que es mejor no pasar a la parte de atrás de la tienda de magia. Si queda un poco de ella en alguna parte, es nuestro deber conservarla como sea.