El jardín amurallado

El jardín amurallado

Hace poco, Gabriella Campbell, Victor Sellés y algunos otros escritores hablaban en Twitter de la nueva prestación que va a poner en marcha esa red social, en la que podrás publicar también textos largos. Es decir, que no hará falta tener una web propia, ni salir de Twitter, para leer lo que escriban de manera más extensa aquellos a los que sigues.

Otro intento, que seguramente se quedará a medio cocinar y languidecerá, de que pases más tiempo atrapado en una red social y se ahoguen los pequeños espacios de libertad más allá de esos jardines amurallados. Ese es el término técnico para definir a redes y plataformas, de hecho. Tratan de crear ese jardín y decirte que no necesitas nada más y que no hay nada al otro lado del muro que merezca la pena. Ahora también puedes consumir textos largos aquí, dice Twitter, y no sólo rencor en 280 caracteres.

Es otro intento de que los creadores generen todavía más contenido gratis y de capturar todavía más la atención, que se ha vuelto una mercancía cualquiera para los negocios, pero es lo más importante para las personas. Al final, la vida se compone de todo aquello a lo que prestas atención y esta vive secuestrada por el algoritmo, agotada de ver gilipolleces con las que no puedes parar.

Y una de las dudas en esa conversación de escritores era si este resultaba otro golpe más para blogs y webs propias como esta, y también el dilema de si usar esa nueva prestación o no, porque ya se sabe, es más importante ser rápido que ser el mejor. Por ejemplo, los que llegaron primero a Amazon Kindle vendieron por el hecho de ser los únicos allí y, gracias a ese impulso y visibilidad iniciales, un puñado de escritores se hicieron cierto nombre, no necesariamente por talento (que podían tenerlo sin duda), sino por el motivo por el que suele ocurrir lo importante, la suerte de haber estado en el lugar y momento adecuados.

Yo no sé si, para los creadores, estos son los tiempos más difíciles o los más propicios, pero sí sé que son los más agotadores. Tienes que perseguir las oportunidades como el perro a los coches, pero ahora te dicen que es Amazon, ahora que es una web, luego que un boletín o grabar vídeos, después que si las redes sociales y, al final, estás agotado de correr tras mil coches en todas direcciones y darte cuenta de que no has avanzado nada.

De que has hecho de todo hoy, excepto escribir.

Todos queremos expresarnos y todos necesitamos que nos escuchen. Así que nos dijeron que ahora podemos hacerlo más que nunca, que si autopublicas, si te haces una cuenta en no sé qué red o si creas contenido en no sé qué sitio, conseguirás lo que siempre ansiabas. Pero, al final, el juego no ha cambiado en realidad y el juego se llama suerte. Antes, era la de que un editor cogiera tu manuscrito y todo ese tiempo empleado fuera reconocido. Ahora es la suerte de hacerte viral, de conseguir suficientes seguidores como para que las editoriales te vean a ti y piensen que puedes ser lo bastante rentable o, como me dijeron una vez, marketeable.

El juego no ha cambiado, pero el contexto, sí. Ahora hay muchas más posibilidades, pero también muchísimos más competidores, con lo que las probabilidades, aunque parezcan mayores, se han reducido en realidad. Tenemos una atención muy limitada y la mala suerte de que la palabra no pueda competir con la imagen y el vídeo. O que pueda hacerlo, pero pierda casi siempre.

Es innegable que la escritura pelea cuesta arriba en esta guerra por la atención, que los jardines amurallados crecen y se multiplican, ofreciendo una elección envenenada: vivir preso ahí dentro o vivir solo aquí afuera, en espacios como este cada vez más invisibles. Porque con esa conversación me di cuenta de que no estaba solo cuando todos comentaban que las visitas a sus webs habían ido languideciendo en los últimos tiempos, que el trabajo de mantener un espacio propio en un territorio cada vez más expropiado por los grandes, era costoso en tiempo y dinero, difícil, ingrato y con cada vez menos recompensa.

Porque la atención no sólo se ha vendido y encerrado en esos jardines amurallados de las redes sociales y las plataformas de contenidos, también se está reduciendo a la mínima expresión.

Agotada y saturada, apenas soporta ya vídeos de quince segundos.

Todos los estudios indican que eso es nefasto para nuestra salud mental, que vivimos cada vez más estimulados y menos satisfechos, agotando nuestros circuitos de recompensa y deprimiéndonos. Que los jardines amurallados ponen más guardias y trampas en la puerta para que no escapes, para que te enfades, a ver si así participas y trabajas gratis generando contenido (u odio, eso da igual si permaneces e interactúas), a ver si consumes más y haces clic en otro anuncio.

Lo mejor sería parar y aburrirse. Parar de generar tanto contenido y trabajo que agota para nada y parar de consumir de modo fantasmal tantas cosas que olvidas un instante después. Pero claro, eso sería si se tuviera en cuenta a las personas y de lo que se trata aquí es del beneficio. Lo rentable es exprimir a los creadores hasta que se cansen (hay un suministro inagotable de ellos, así que siempre vendrá otro cuando uno se queme) y a los consumidores para que traguen más cosas que engordan y no alimentan.

Al final, la lotería para el creador es la misma, pero las probabilidades han empeorado y, sobre todo, el juego se ha vuelto más ruidoso e insoportable.