La salvación de la escritura

La salvación de la escritura

Tengo un baúl de proyectos a medio, fantasmas que preguntan por qué los he abandonado. Pero creo que no soy el único con los cajones repletos de caminos que no acabé de tomar.

Normalmente, esos proyectos conservan la vida durante un tiempo y, si no los retomas antes de que su reloj particular se detenga, ya nunca los terminas. Si dejas pasar demasiado tiempo, tú ya eres otro, no reconoces las palabras ni la forma de usarlas, no reconoces los temas de entonces. Retomar la vieja escritura es volver a los juguetes de pequeño, hay nostalgia a veces, pero nunca es lo mismo y ya no terminarás lo que empezaste, aunque te engañes con el: «Puede que algún día lo haga».

Sin embargo, nunca borro nada, miles de historias se vienen en las mudanzas, algunas son tercas para morir y piden otra oportunidad.

Uno de esos textos a los que vuelvo de vez en cuando, aunque sin mucha intención de llevarlo a puerto, es el libro de Escribir mal, que hubiera cerrado la trilogía de Escribir bien y Escribir mejor. A veces lo llamo el gemelo malvado de los otros dos, pero, en realidad, lo que hay allí no es perverso, sino familiar, porque escribir mal es la experiencia común que compartimos todos los autores. No importa el número de Nobeles o de rechazos a los que cada uno quite el polvo, es una verdad ineludible para todos.

Escribir mal, de hecho, tiene un papel mucho mayor que el de ser el camino que pisar necesariamente para llegar a hacerlo bien. De eso hablaba en este pequeño extracto inacabado que hoy escapa del baúl.

La mala escritura y la salvación

La escritura es capaz de salvarte, aunque sea mala. Hace muchos años, metido en uno de esos pozos de los que parece que no saldrás, cada día a las cuatro de la tarde lo único que importaba era mi escritura. Y refugiado en ella, nada podía tocarme durante un par de horas. La historia que contaba se quedará para siempre en un cajón, porque de verdad que era una escritura muy mala, yo demasiado joven, demasiada poca vida como para escribirla bien.

La mala escritura puede salvarte, pero cuando se convierte en buena, puede hacer algo mucho mejor, salvar a los demás. Puede meterse por el resquicio de la armadura, conectar con quien lee de formas que nadie esperaba.

Y esa salvación no es grandilocuente como en las historias baratas, sino mucho más importante, porque carga con las cosas que parecen pequeñas, pero son las más terribles: salvar de una vida a solas, de las elecciones erróneas, de los días iguales y las noches en las que no duermes bien. Salvar de la manera más sencilla, pero poderosa: consolando un poco, ayudando a soportar el peso, ganando un día más. Sólo un día, y mañana ya veremos.

Porque mañana, con ese poco de suerte que hace falta para todo, quizá sea diferente o, al menos, podamos encontrar otro refugio escribiendo mal o bien, eso no importa.

Lo bueno del arte es que no entiende de juicios de valor y hace su papel siempre que acudas. Aunque sean esas tardes resumidas en: «Puse una coma y después la quité», las cosas que gritan se oyen menos con el tac tac de la escritura.