El final de la lectura

El final de la lectura

Todos los viejos, desde que el mundo es mundo, creemos que este se acaba y que la culpa es de los jóvenes. Todos los viejos nos quejamos de lo mal que están las cosas y que antes no eran así y la mayoría de veces no es más que gritar a las nubes y creer que tiempos pasados eran mejores, cuando en realidad solo éramos más jóvenes.

Pero alguna vez el cuento de Pedro y el lobo acaba siendo verdad y algunos datos, más allá de la eterna historia entre viejos y jóvenes, son demoledores, como el de que parece que se extingue la edad de la lectura en la historia humana.

Las cifras dejan claro que se lee mucho menos y lo que se lee es cada vez más simple. En realidad, se da la paradoja de que cada vez se leen más palabras por la mierda de las redes sociales y similares, pero cada vez son más cortas, el contexto más breve y fragmentado. Eso está produciendo también una incapacidad de comprender algo extenso, mínimamente complejo o asimilar una tesis y resumirla.

Y si miramos más allá de los jóvenes, lo que viene es peor con los datos de los niños.

La verdad es que leer siempre ha sido una anomalía y probablemente formemos parte de un destello que se extingue. No sé si será finalmente así, pero entre las pocas cosas que tengo claras es que la culpa no es de los jóvenes, al contrario, son las víctimas y los creadores de esto han sido los menos jóvenes que, para mantener el contexto de acumulación y avaricia, han provocado eso. Se sabían los efectos desde el principio y algunos por avaricia ciega decidieron obviarlos, como todas las redes sociales que sabían por sus informes internos de los efectos nocivos y decidieron ocultarlo y redoblar la apuesta.

Quizá sea aún peor el hecho de que cuando otros se dieron cuenta de ese efecto, lo perpetuaron y magnificaron porque he aquí otro dato histórico irrefutable de la edad de la lectura: conforme dicha lectura, el alfabetismo y la cultura se extendían por las sociedades, contribuían a la inestabilidad política y las revoluciones, ya que dotaban a las poblaciones de pensamiento crítico.

Alterar el orden establecido no se puede permitir bajo ningún concepto y esas ideas se están extinguiendo junto con la lectura.

Ahora, más que nunca, leer y su extensión, escribir, son actos revolucionarios de rebeldía. Ya lo es simplemente apagar la pantalla y quitarla de en medio para relacionarse con el mundo (con los demás) de manera directa y no a través de las historias que cuentan los reels, porque Baudrillard tenía razón y creo que ya lo dije como lo he dicho casi todo. Nos cambian esa realidad por los píxeles sintéticos que nos cuentan historias falsas sobre lo que ocurre y lo que debemos (no) pensar.

Lo peor de 1984, Un mundo feliz y, ya me dirás, Wall-E se ha hecho realidad y la lectura es, literalmente, entrenamiento atencional. Así la tenemos pues, fragmentada, incapaz de seguir un hilo mínimamente largo y profundizar mínimamente hondo.

Creo que esa vuelta a lo analógico, lo complejo y lo real sería más rápida de lo que parece en ausencia de los estímulos sistemáticos que nos atrapan como a máquinas sin alma, destinadas a pasar de puntillas por aquí por el sueldo mínimo, pero no lo tengo claro. Sé que hay conatos de rebeldía entre los jóvenes, que los CD se vuelven a vender y ya han superado al vinilo, que hay grupúsculos peligrosamente revolucionarios que prefieren hablar entre ellos a escuchar lo que dicen las narrativas manufacturadas de una pantalla y los bots y los tontos útiles que las jalean. Ojalá ganen, hay que ir siempre con los jóvenes, aunque me temo que, como siempre pasó con la lectura en general, sean focos de resistencia clandestina y aislada, la revisitación generacional de los que metían la nariz en las páginas de un libro durante el recreo.

Lo que tengo claro una vez más es que no tienen la culpa. La culpa es nuestra, de los viejos y los que lo hemos permitido y caído también como idiotas. Tengo claro que si yo hubiera nacido en el contexto actual no habría sido «mejor» y seguramente hubiera terminado hipnotizado por filtros, IA y emoticonos, entretenido hasta la muerte de veinte en veinte segundos.

Ese yugo se está apretando en todas partes y uno se pregunta, con lo pequeño que se ve y te hacen creer que eres, qué puedes hacer.

Yo, personalmente, tiré del enchufe. Me da igual que mi uso de las redes sociales y mi cautiverio por parte del algoritmo no fuera gran cosa, porque siempre las vi con desconfianza y como el instrumento de manipulación y vigilancia que son en realidad. Por muy bien que las usara (otra de las milongas que te inculcan, la de que es posible un «buen uso», como es posible un «buen uso» de la cocaína) no quería contribuir, ni alimentar a bestia alguna.

Queda algún enlace automático en alguna red desierta por los cuatro que siempre merecieron la pena y aún están ahí. Queda un pasarme de nuevo una vez cada mil años por si ha llegado un mensaje en una botella… Pero el resto del tiempo me niego, como me niego a participar de muchas otras cosas.

Espero de veras que este no sea un destello que se apaga y los jóvenes (re)encuentren ese fulgor que no debería extinguirse y sigan leyendo bajo el bombardeo.