Llega la pausa veraniega hasta septiembre y me voy con una rareza en mí, algo 100% práctico, surgido estos días por un tema de trabajo en el que tengo que usar lo que comento aquí, el «Efecto Kuleshov», un concepto que viene del lenguaje cinematográfico pero que, en realidad, permea cualquier intento de contar una historia, incluyendo la escritura.
No voy a aburrir con los detalles del trabajo para el que saqué a pasear esta técnica, pero tenía que ver con la resignificación de algo que habían hecho en el cliente. Es decir, habían escrito unas cuantas cosas, la historia o el resultado no era muy satisfactorio, vi cómo podía echarles una mano sin tirar por tierra lo hecho y mi propuesta fue que, con suficiente ingenio, se podía resignificar lo que habían hecho ya sin necesidad de cambiarlo, insertando conceptos más interesantes que alteraran la percepción de los que yo no podía tocar.
Voy a explicar el origen de la técnica y, aunque no se entienda al principio, no pasa nada, se comprenderá perfectamente al llegar a los ejemplos.
Lev Kuleshov era un cineasta ruso que reivindicó el montaje como algo fundamental en el cine, pues dicho montaje podía cambiar completamente el significado de unas mismas imágenes ya rodadas, sin necesidad de variar estas para nada. O como en el trabajo que me encargaron, yo no puedo tocar lo escrito, pues ya está en manos de su público, pero a través de lo nuevo que yo escribiera podía cambiar completamente el significado y la percepción de eso que no puedo variar.
Kuleshov es famoso por establecer que el significado de la historia para el espectador se deriva, no tanto de las escenas en sí, como de la interacción entre ellas. Ese es el «Efecto Kuleshov», algo que se ve muy fácil con un ejemplo y que cualquier escritor entenderá que ha hecho él mismo más de una vez sin saber el nombre. Sin embargo, creo interesante conocer más la herramienta y ser consciente de ella, para usarla en nuestra escritura como el montaje se usa en cine.
El ejemplo se puede ver mejor con una imagen neutra o casi neutra que no tenga un gran sentido emocional para quien la ve. Por ejemplo, un plato vacío o un rostro que apenas refleja una emoción. El espectador lo ve y no deriva un especial significado de la escena, pero la siguiente es la que determinará todo.
Así, un plato vacío no dice nada, pero si la siguiente escena es un niño triste con mala cara, ya sabemos que pasa hambre y entonces se deriva el significado y la emoción del plato. Sin embargo, a continuación puede que viéramos un criado que coge el plato con guantes blancos y lo guarda en un armario, en lugar del niño hambriento. El significado y la emoción son completamente distintos, mientras que la escena del plato es la misma y todo se deriva del flujo de las escenas.
En escritura, eso puede pasar con escenas completas, párrafos o frases, de manera que transmitimos significado y emoción mediante el flujo o la yuxtaposición y no tanto con la escena, frase o párrafo en sí. De esta manera un escritor tiene en su arsenal dicho flujo, dicho «montaje» o sucesión, y no solo palabras o frases.
Ejemplo en escritura. En una frase aparentemente inocua (de nuevo para ver mejor el efecto) podríamos escribir que Sara cierra la puerta y da doble vuelta a la llave mientras sonríe levemente.
¿Qué significa eso?
Muchas cosas y ninguna, porque todo depende de lo que hagamos a continuación, como por ejemplo que Sara esté cogiendo una maleta con todas sus cosas. En ese caso, transmitimos un nuevo comienzo, liberación… así enviamos al lector por un camino, la sonrisa se significa en libertad o satisfacción… Pero ¿cómo podemos darle la vuelta? Imaginemos que la siguiente escena a la llave, en lugar de coger la maleta, sea que Sara se va y dentro se queda un hombre atado a la cama, tratando de gritar en vano por culpa de una mordaza.
El significado de una doble vuelta de llave es casi inexistente, o el de una sonrisa leve puede ser mil cosas, que cambian por completo sin tocar la frase anterior, de modo que podemos elegir transmitir libertad, maldad, venganza…
Por supuesto, podemos usar el efecto sin necesidad de yuxtaponer frases o haciéndolo con varias.
Puede que Sara cierre la puerta, se encuentre con una amiga, se despida de ella tomando algo, coja un taxi al aeropuerto y, en la despedida del taxi, la amiga le pregunta que si está segura de que no se ha olvidado nada. Sara le responde que no con la misma sonrisa de la cerradura y la siguiente frase describe al hombre atado y amordazado.
Como vemos, se resignifica todo mediante el flujo de escenas, sin necesidad de que estén una al lado de la otra como suele pasar con el «Efecto Kuleshov» más tradicional. O incluso podríamos usar las tres frases una tras otra: Sara cierra la puerta con doble giro, sonríe y coge la maleta (de manera que transmitimos un significado de libertad y nuevo comienzo), pero a continuación, mientras baja las escaleras con la maleta, metemos la frase del tipo con la mordaza, transmitiendo otro significado y emoción al lector, llevándolo por donde queremos porque controlamos el flujo, no solo las palabras o frases concretas. Estas son las que son, pero según dicho flujo podemos hacer muchas cosas con los mismos elementos.
En este trabajo del que hablaba al principio ya llegué con cosas hechas con las que no estaban demasiado satisfechos, pero no sabían cómo arreglar eso sin tocar lo realizado ya, porque cambiarlo no era factible y pensaban que no había manera de insertar cambios. No pasaba nada (o casi nada), aquí es donde entra el dominio y el conocimiento de técnicas de narrativa (y muchas veces, de otras disciplinas, como la del cine), de forma que se podía arreglar la planicie emocional que habían plantado con lo hecho ya gracias a la resignificación de lo escrito sin tocarlo, mediante el uso de escenas o frases posteriores.
Eso requiere un oficio, cierto, pero es a lo que nos dedicamos.
Nos vemos en septiembre.