Lo innombrable

Lo innombrable

Alguna vez me han dicho que hablo (escribo) mucho sobre el fracaso, pero es que la escritura es eso sobre todo, una historia de fracaso en más sentidos de los que parece.

La vida lo es en buena parte, porque mucho de lo que intentemos no saldrá tal y como lo imaginábamos en nuestros cuentos de la lechera y así son las reglas de la simulación, pero es que las mejores historias también van de eso, de lucha y pérdida, del conflicto sin garantía porque si sabemos el final, ¿qué gracia tiene?

Y si no hay fracaso ni derrota, ¿qué gracia tiene?

Por eso creo que una de las cosas más útiles que puede hacer un escritor es hacerse amigo de ese fracaso. O conocido al menos, mirarlo y no tratar de evitar a toda costa cualquier mención o pensamiento sobre él, como si se tratara de uno de esos demonios que acuden cuando se le nombra.

Al fin y al cabo, la dosis de frustración y el golpe son aún mayores cuando te caes desde expectativas desmedidas a las que te subiste no queriendo ni concebir esa posibilidad de fracaso, no ya relativa a posible éxitos materiales, sino también respecto a las expectativas de mucho de lo que escribamos y que, me temo, no terminará siendo la «novela de una generación».

Porque si Hemingway tiene razón y el 90% de lo escrito es mierda, más vale mirarla a los ojos.

Lo contrario es positividad tóxica de poner vendas sobre heridas infectadas, pero de nuevo ese no es el motivo clave para mí de no dar la espalda al fracaso y taparse los oídos. No querer mirar, hablar o tocar el fracaso lleva a las peores historias, esas que no lo entienden ni lo quieren tocar para no mancharse, con personajes que son lo contrario de lo que tememos, las Mary Sue y los Gary Stu que siempre consiguen todo a la primera, sin desafío de por medio que les obligue a crecer, cambiar o aprender algo.

Esas andanzas terminan siempre con victoria (lo menos interesante muchas veces), con antagonistas de cartón piedra y obstáculos que se saltan sin esfuerzo. Y luego, quizá, incluso con un epílogo de comieron perdices para siempre.

Cuentos de cuna mediocres, pues gran parte de la emoción está en los personajes y su conflicto, interno o externo.

Sin duda, algunas de las mejores historias, si están lo bastante bien escritas, son las de victoria o redención tras ese conflicto, las de superación y cambio final al estilo clásico del viaje del héroe. Pero para mí, algunas de las más interesantes no acaban necesariamente en triunfo. O este tiene un precio tan elevado, que no es victoria Disney y te das cuenta de que, al final, todos esos cuentos sobre el éxito y el triunfo no eran más que eso, cuentos y distracciones, sombras en la pared de esta obra, cosas que en realidad no merecían la pena porque ni siquiera eran reales.

Eso y que, como decía un antiguo profesor de literatura: «Disney ha hecho un daño irreparable a la tradición cuentista europea», así que, que le den y sentémonos un rato con el fracaso, que nos diga cosas y las escuchemos juzgando lo menos posible. Yo las seguiré contando cuando las considere lo bastante interesantes, eso seguro.