Las destrucción de las palabras

Las destrucción de las palabras

«Hay cosas para las que las palabras no bastan, escritor».

Eso me lo dijeron hace mucho, mucho tiempo, y supongo que es algo que todos tenemos que aprender tarde o temprano. Porque siempre fuimos esos que fueron buenos con ellas, que creían que podrían salirse con la suya o salvarse siempre que encontraran la palabra adecuada.

Pero no, no siempre y no muchas veces. Y pronto te das cuenta de que, especialmente en lo importante, el mundo no se moldea al son de lo que dices o escribes. El mundo tiene otros planes y es obvio que el mundo no lee.

Sin embargo, aunque las palabras no basten, pueden ser mucho más poderosas de lo que pensamos, un instrumento de creación, como ya hemos visto alguna vez, consiguiendo que los que leen o escuchan vivan, literalmente, la historia que estamos contando.

Pero hay otra cara, como en toda moneda.

En el artículo que he enlazado un poco más arriba hablaba de la psicóloga Lisa Feldman Barret, especialista en neurología afectiva. En la punta de lanza de la ciencia del cerebro, vimos que esas palabras creaban, pero, en ese mismo libro del que hablaba entonces, hay demostraciones del reverso tenebroso de las palabras.

Es decir, de cómo pueden destruir igual que crean.

Los datos muestran que una mala palabra o dos duelen, pero, a menos que la persona ya lleve demasiado peso encima y la podamos romper del todo con apenas un comentario, la armadura protege y es normal que tarde o temprano nos ocurra a todos. El mundo y los demás pueden ser perros rabiosos. Sin embargo, cuando esas palabras son continúas, es la gota que parte la roca. De hecho, uno de los estudios más fascinantes mostraba que niños en hogares con abuso verbal habitual experimentaban todavía más ansiedad, depresión y problemas de personalidad en el futuro que aquellos que tenían un abuso de carácter más físico solamente.

Que todo el que trate de cualquiera de esas dos maneras a un niño (y en general a los demás) merece plaza del pueblo y guillotina, pero, como aficionado a los deportes de contacto, de adulto aprendes que el dolor físico es el más fácil. No digo el más benévolo o menos dañino, digo el más fácil. Hielo y tiempo curan siempre y de manera predecible, independientemente de lo que hagas y quien seas. Sólo has de esperar, que pase el tiempo como sea. Pero el otro dolor, el que no pelea con guantes, sino con palabras… Ese puede cavar heridas más profundas que una ceja abierta o unos puntos en la boca.

Cuando se trata de palabras, hemos de ser conscientes de que debemos manejarlas con cuidado, como esas cajas de dinamita con la advertencia escrita en un lado. No podemos saber si serán las que rompan al otro, las que lo empujen un poco más allá, las que acaben siendo demasiado.

No sabemos las guerras que pelean los demás, así que cuidado cuando los refranes se vuelven verdad y es más fuerte la pluma que la espada. Para mal, desde luego es así.

Hoy, las palabras se usan más que nunca como arma, porque la tecnología ha creado el altavoz más grande del mundo al alcance de cualquier idiota y de los de siempre, convirtiéndolas en elementos de destrucción masiva.

Las palabras sí moldean la realidad y, aunque actualmente se venden y compran muy baratas, son demasiado valiosas y peligrosas como para usarlas de cualquier manera o afilarlas para clavárselas a alguien.

En los tres monos sabios japoneses, Mizaru se cubre los ojos, Kiakazaru se cubre los oídos e Iwazaru se cubre la boca, a fin de no hablar ni decir maldades. Callarse como él es una lección que parece que hemos olvidado.