Lo que necesitas

Lo que necesitas

Sigo a Oliver Burkeman desde sus primeras columnas en The Guardian. Y me alegro de que neuróticos como yo, compañeros de manías, acaben encontrando su lugar y éxito, como él hizo con sus libros. Hace muchos años ya que no escribe su columna semanal, pero de vez en cuando envía un correo llamado El imperfeccionista, donde sigo viéndome identificado, principalmente en las extravagancias y sufrimientos de alguien que trata de poner en una página lo que hay en su cabeza.

En su correo más reciente habla de un concepto que conecta con algo que suelo decir, el hecho de que no descubres realmente la historia entre manos hasta que la escribes y, en realidad, esta se descubre a sí misma.

Esto es lo que dice respecto a algo en una línea similar y que es perfectamente aplicable a la ficción, aunque él se dedique al ensayo.

Lo que necesitas no aparecerá hasta que lo necesites.

Me pasa a menudo que, con un nudo en el estómago, me doy cuenta de que, aunque la sección del libro en la que estoy trabajando ahora va bien, estoy a punto de tener problemas porque no tengo todo lo necesario (los argumentos adecuados, el material suficiente, etc.) para la siguiente parte.

Sin embargo, esto me preocupa menos que antes, porque una y otra vez la idea, la anécdota o el enfoque que me faltaba aparecen justo a tiempo. Abro un libro al azar, escucho algo en un podcast, un amigo hace un comentario o me fijo en algo mientras camino y es exactamente lo que necesito para que todo encaje.

Pero nunca parece llegar hasta el momento preciso, así que es una forma más de meterme en la cabeza que es fundamental confiar en mí mismo, en la realidad y en el proceso.

Creo que podría dar una explicación práctica y sin artificios para este fenómeno, relacionada con la forma en que nuestra atención se prepara para percibir lo que más importa en cada momento. Pero, la verdad, cada vez que sucede, tiene un aire mágico.

Personalmente no sé si tiene algo mágico. Personalmente no sé siquiera si eso que llega es justo lo que necesitas, aquello con lo que te conformas, lo que se te ocurre en el momento (y tu cabeza te convence de que es suficiente) o, simplemente, lo que pones como puedes para seguir adelante.

Pero una cosa es clara, venga o no venga de maneras mágicas, no lo hará hasta que llegues a «ese» punto. Hasta que hayas recorrido el camino y las páginas previas, hasta que llegues a la encrucijada y el momento. Muchas veces, tratamos de resolver esa incógnita, escena o dilema evitando escribir, evitando acercarnos frase a frase. Lo hacemos planeando, pensando, dando vueltas, tomando notas en todas partes menos en el manuscrito. Lo hacemos evitando y yo soy un profesional de esa evitación, como muchos escritores.

Pero hasta que no te sientas frente a lo que estás escribiendo y el desastre en llamas que es, no lo sabrás.

De hecho, no importan siquiera las notas garabateadas en otro lado. Muchas veces, cuando tratas de trasladarlas o desarrollarlas en el manuscrito, ocurre lo mismo que con esas fantasías en tu cabeza, que al traducirlas a párrafos reales, ya no son ese asunto que parecía tan sencillo y genial en la imaginación. Se han manchado del barro de la realidad y el trabajo, han abandonado ese mundo mental perfecto para encarnarse en la materia bruta e imperfecta como estamos todos y sufrir sus limitaciones.

Pero al final, has de confiar en que, de una manera u otra, algo saldrá.

Y si no, da igual, porque salga o no salga tienes que llegar de todos modos hasta ese momento como sea, pero en el papel, no en la cabeza.

Me gustaría poder decir lo mismo que Burkeman y que las cosas aparecen siempre en ese momento, pero aquí nos separamos en el camino él y yo, porque un montón de manuscritos a medio me contemplan opinando lo contrario. No importa, de veras que hay que llegar a ese momento, hay que escribirlo y ver si, de verdad, hay un camino a la derecha por el que seguir o el texto se convertirá en otro fantasma que gime vagando sin descanso, porque sus asuntos aquí se quedaron a medio.