Separar el autor de la obra

Separar el autor de la obra

Como las mareas o las estaciones, cada poco tiempo aparece el enésimo «debate» sobre cierto autor o artista que resulta ser un cretino. O bien ha cometido no sé qué error, ha dicho una gilipollez en Twitter o su obra de hace cien años no estaba, obviamente, adaptada a los cánones de lo que ahora suponemos correcto. Igual que lo que hacemos ahora fruncirá el ceño de los que vengan dentro de otros cien (si es que seguimos aquí, que el empeño parece el contrario).

Así que, a ver qué hacemos con sus libros y si vamos amontonando leña en la plaza para hacer una pira.

Es decir, la enésima revisitación del dilema de separar la obra del autor y aquí me refiero solamente a obras de ficción.

Mi posición sobre esto ya la he comentado alguna vez y queda resumida en que la literatura no tiene ninguna obligación moral, sino artística. No tiene que enseñar, educar, adoctrinar, servir a una causa o cualquier otro verbo de ese estilo que queramos usar.

Ojo, digo que no tiene que.

No que no pueda o no lo haga, el autor es libre de construir e intentar lo que le dé la gana con su obra, pero ponerle límites al arte de antemano es matarlo.

De la misma manera, también he hablado más de dos veces de que los artistas son humanos y, por tanto, imbéciles a ratos, igual que sus lectores. Si pones a una persona en el pedestal de un dios, prepárate para la decepción porque el refrán es cierto: «Es mejor no conocer a sus héroes».

De nuevo, el autor no tiene obligación de ser un modelo para nadie.

Lo que pasa es que la soledad aprieta más que nunca, las relaciones se han convertido en parasociales y tratamos de llenar el hueco que tenemos dentro con lo que proyectamos en un nombre al otro lado de la pantalla. Pero desconocemos completamente a autores y creadores.

El escritor es, por regla general, un ser humano, así que, por definición, cometerá miles de errores. Además, la historia deja claro que los genios pueden ser fácilmente personas horribles, inadaptadas, rozando el trastorno o, simplemente, imbéciles.

Como sus lectores, como yo y como todos.

Una de las mejores novelas que he leído es Hambre, de Knut Hamsun, un autor que, cuando uno indaga en su biografía, eligió simpatizar con la peor escoria. Pero eso no cambia una coma de su obra, Hambre es una genialidad y Hansum no, y creo que, en estos tiempos de religión disfrazada de ideologías y movimientos, es importante recordar que se pueden mantener dos ideas contrapuestas en la cabeza.

No recuerdo quién dijo que eso era signo de inteligencia, a mí no me parece para tanto, sino el principio más básico para empezar a funcionar.

Sin embargo, hay algo innegable. El autor y lo que hace (y más en estos tiempos en los que se ve obligado a exponerse y bailar como un mono al son de sus seguidores) influye en la percepción que tendremos de la obra. Es inevitable y, de hecho, muchos escritores lo usan para vender más o arrimarse a sombras que cobijen.

Es decir, que la teoría de la separación de autor y obra puede ser clara, pero, como todo lo importante, la práctica es otra canción muy diferente.

Este juego, como todos en realidad, va de personas y no pocos autores generan más lectores por simpatía, relación parasocial, postureo, arropamiento ideológico, influencias o mamoneo que por su escritura.

Y claro que compras libros porque, de cierta gente, lo compras todo, los humanos somos así, igual que de otros nombres no quieres ni saber, aunque hayan escrito un nuevo Quijote.

Y claro que cómo sea el autor pinta la obra de un color u otro. O lo manufacturan adrede.

Ciertos escritores usan esto a su favor porque: «Lo importante es que se hable de uno, aunque sea bien». Así que influencers, justicieros en redes y columnistas de pacotilla les hacen el juego a artistas mediocres de todos los colores, entrando al trapo rojo como toros y generándoles el bombo que desean. Creen que imparten justicia y sólo les hacen el trabajo gratis. Que ya hay que ser para ponerte a currar para alguien que tienes por indeseable y, encima, a cambio de nada. Así que el autor sigue cacareando tonterías a ver si picas, adoptando posiciones cada vez más extremas y aprovechando ese marketing sin coste de los tontos y sus altavoces.

Esos artistas saben que no somos máquinas, somos personas, para bien y para mal. Y ese juego de personas se convierte en un juego de relaciones, camarillas, poder, marketing y ventas, que es lo que cuenta.

Pero bueno, ¿y el arte?

Una mera nota al pie en estos debates y reitero una vez más. Al final, el artista debe sentirse libre de escribir lo que quiera y como quiera. Total, contentar a los puros o los adoradores es imposible, un juego destinado a perderse más temprano que tarde, porque siempre va a venir un imbécil a decirte algo, aunque sólo hayas escrito: «Buenos días».

El suministro de esa clase de personas es inagotable.