Las vivencias compartidas

Las vivencias compartidas

Supongo que nos gustan las relaciones difíciles, porque la soledad es indispensable para la escritura y no hay otra manera, pero, a la vez, contamos historias para huir de ella.

De la soledad y de esa sensación de que esto tiene que ser una broma, y no muy buena demasiadas veces.

Muchos autores navegan esta paradoja buscando a otros como ellos. Yo también lo hago, pero nunca físicamente, sino que busco a los buenos en todas sus páginas. Quiero saber más allá de sus novelas cuando me gustan, leo entrevistas o ensayos o toda clase de textos que me muestren cómo piensan, qué creen y aborrecen.

Es mi manera de estar con la mejor parte de los escritores sin soportar la peor.

Leí hace tiempo a Karl Ove Knausgaard, su Muerte del padre. Me gustó y he aquí un pasaje del escritor noruego. Creo que, en pedazos como este nos reconocemos, para tener el magro consuelo de que, en el caos de vida que suele ser la del escritor, al menos no estamos solos. Supongo que no es poco.

Los niños están limpios, su ropa es bonita, los padres están contentos y, aunque de vez en cuando pueden levantar la voz, nunca se quedan ahí berreando como idiotas. Hacen viajes de fin de semana, alquilan casas de campo en Normandía en verano y sus neveras nunca están vacías. Trabajan en bancos y hospitales, en empresas de informática o en el ayuntamiento, en el teatro o en la universidad.

¿Por qué el hecho de ser escritor me excluye de ese mundo? ¿Por qué el hecho de que sea escritor ha de significar que nuestros cochecitos parezcan todos una basura que hemos encontrado en un vertedero? ¿Por qué el hecho de ser escritor tiene que significar que aparezca en la guardería con los ojos enloquecidos y la cara endurecida en una máscara de frustración? ¿Por qué el hecho de que sea escritor significa que nuestros hijos hacen todo lo posible para salirse con la suya, sean cuales sean las consecuencias?

¿De dónde viene todo este desorden en nuestras vidas?

Sé que puedo cambiar todo esto, sé que nosotros también podemos convertirnos en ese tipo de familia, pero entonces tendría que quererlo y, en ese caso, la vida tendría que girar en torno a eso y nada más.

Y eso no es lo que quiero.

Hago todo lo que tengo que hacer por la familia; ese es mi deber. Lo único que he aprendido de la vida es a soportarla, a no cuestionarla nunca y a quemar en la escritura el anhelo que genera.

No tengo ni idea de dónde ha surgido este ideal, y al verlo ahora ante mí, en blanco y negro, casi parece perverso: ¿por qué el deber antes que la felicidad?

No hace falta tener hijos llorando en cochecitos que parecen de vertedero. No hace anhelar una casa de campo en Normandía o donde sea. El desorden del escritor toma muchas formas y, a pesar de que leas sobre todas esas cosas tan diferentes a las tuyas, puedes reconocer las vivencias compartidas por todos esos que también escriben para pensar y consolarse.

Escribir, además, como un acto de autodefensa contra todo eso que tira de ti para que dejes de teclear historias a ninguna parte.

No quieres reconocer que en esas historias te muestras y te escondes y, al final, no sabes hacer nada más. Sobre todo, eso que parece importante según todo el mundo, aunque te preguntes por qué lo dicen y no encuentres una respuesta si lo piensas.